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La Cena, The Crack … & Capas de Clarice Lispector

No dia 10 de outubro, durante a Feira de Frankfurt, foi lançada a edição impressa da Revista Machado de Assis, fruto de uma parceria entre a Fundação Biblioteca Nacional e o Itaú Cultural. A versão online ficou disponível na internet a partir do dia anterior.

Traduzido pelo uruguaio Pablo Cardellino Soto, o conto “A ceia” é “La cena“.  Pablo Cardellino Soto traduziu Dom Casmurro, Várias histórias e “O alienista”, de Machado de Assis, para o espanhol. Em colaboração com Walter C. Costa, traduziu O colóquio dos cães, de Miguel de Cervantes, e As Hortensias, de Felisberto Hernández, para o português.

Em abril, o conto  “A fresta” foi publicado na Litro, principal revista de contos londrina – revista em formato de bolso e que tem edições mensais temáticas, com autores novos ou já consagrados.

Traduzido pela australiana Alison Entrekin,  “A fresta” é “The crack“. Alison Entrekin traduziu para a língua inglesa, dentre outros, os seguintes livros: Budapeste, de Chico Buarque, que foi finalista em  2004 no Independent Foreign Fiction Prize; Cidade de Deus, de Paulo Lins; O filho eterno, de Cristavão Tezza, que foi finalista, em 2012, no IMPAC Dublin Literary Award. Foi também responsável pela nova tradução de Perto do Coração Selvagem, de Clarice Lispector. Em 2009 e 2011, ela foi finalista no NSW Premier’s Translation Prize and Pen Medallion (Australia).

Aproveitando a brecha: está linda a coleção com as novas traduções da Clarice:

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La cena

Muerdo la galleta que me llevé lentamente a la boca y ella, al quebrarse, es como huesos que se muelen. La trituro e imagino que se deshace la red dibujada en su superficie, que me recuerda el juego que mi abuelo me enseñó y al que me invitó tantas tardes. Galleta, red, huesos triturados. Muerdo y siento masticar al viejo, las migajas saliendo por las comisuras como si unos dedos intentaran escaparse.

Yo sobre la mesa me masturbaba frente a la pintura de la gitana. Ella, echada en un diván, se acariciaba uno de los pezones con una mano, mientras la otra desaparecía bajo la tela morada, y yo me la imaginaba tocando el vello hasta quedar húmeda. Yo me extasiaba. Gemía, cuando él llegó al comedor y me gritó, mandándome bajar.

Me quedé tieso. Y mientras con una de las manos sostenía al pequeño endurecido, con la otra hice un gesto de danza en el aire, bajándola lentamente.

Me volví hacia él, en una continuación de la danza, la mirada dura. Hice una mueca provocadora, frunciendo los labios. Le mandé un beso burlón. Y, bruscamente, tiré hacia atrás con la mano que agarraba el pito, mostrándoselo duro y palpitante.

Él me tomó por el brazo, haciéndome bajar de la mesa. Me apretó, empujándome hacia abajo, y dijo que se lo contaría a mis padres cuando volvieran del cine. Diciendo también que esa vez ellos iban a ver la peste que tenían en casa.

Si abres la boca, te vas a arrepentir, dije entre dientes y me alejé de sus manos, tomando el short de encima de la mesa. Me levanté, yendo meneándome al baño, con una sonrisa en el rostro y en todo el cuerpo que ahora se reía a carcajadas del viejo que temblaba.

Vi que él estaba muy nervioso, cuando pasé por el espejo y me detuve, clavándole los ojos. Estático, solo me miraba con una expresión que hasta hoy no sé precisar si era de odio o pena. Le clavé los ojos y, dando un grito burlón, corrí hacia el baño.

Me quedé allí dentro, en silencio y en la semioscuridad. Pasaron algunos minutos, y yo me vestía cuando él vino hasta la puerta y dijo, bajo: hoy cuento todo.

En ese momento, tuve miedo. Por instantes, quedé confundido. Pero me tranquilicé en seguida, terminando de vestirme entre mi brillante idea: apoyé la mejilla en la pared y, con fuerza, la refregué en un movimiento vertical hasta lastimarme. Cuando la piel me empezó a arder, apreté los dientes y refregué la cara con más fuerza aún. Para terminar, lancé la cabeza contra el inodoro. Sonreí, al sentir que el chichoncito se pronunciaba. Limpié la pared un poco enrojecida con la sangre de los raspones, salí del baño y pasé con cuidado por el cuarto del viejo, para ver si él dormía. Volví a la cocina, apagué la luz y fui hacia mi cama. No sin mirarme antes al espejo, orgulloso. Me enorgullecía; y una sonrisa inescrutable se me esbozó. Idéntica a la de cuando tiré el ratón a la cama del viejo, aguantándome para no reírme cuando —habiendo ya vuelto yo a mi cuarto— él gritó, pidiendo socorro porque algo lo había mordido. Mi padre y mi madre corrieron a ver qué había pasado, y tuvieron que abrazar al viejo, cuando lo vieron en la cama, los ojos fuera de sus órbitas mirando incrédulo la masa roja deshecha entre sus manos. Yo aparecí en la puerta y dije, casi inocente: Abue… Qué pasó, abue? Pero él no respondió, sentado desnudo sobre la cama, mi padre tratando de hacerlo parar de temblar, mi madre cubriéndolo con una sábana, las piernas flacas y negras, casi blanco solo el vellón que pude vislumbrar, un grisáceo enmarcando el sexo marchito.

Al otro día, en la mesa del desayuno, él me tomó de la mano —mi madre y mi padre estaban en la cocina—, me tomó de la mano, firmemente, y preguntó incisivo: ¿Fuiste tú? “¡Mamá!”, grité. En cuanto ella apareció, él me soltó. Me sentí poderoso. “¿Qué pasó?”, preguntó ella, acercándose. Yo respondí, dulce: “Mamá, ¿me haces un huevo frito?”

Ella se dio vuelta. Yo, mirándolo a los ojos, quise sonreír.

No sé que pasó en su cabeza los días siguientes, pero me pareció que se había olvidado del ratón. Y también del resbalón que se había llevado unos días antes porque yo había pasado cera en la entrada del cuarto, haciéndolo caer y golpearse la cabeza contra el piso. Y el rapé. Que yo había mezclado con un poco de pimienta negra molida.

Él estaba más tranquilo. Jugábamos de tarde. Él dibujaba las líneas sobre el papel, y poníamos frijoles en los puntos hasta ver quién conseguía trancar al otro. Pero la noche en que subí a la mesa, lo supe: él estaba decidido a hablar.

Me fui a la cama. Me acosté y esperé que mis padres llegaran y fueran a dormir, pero no cerré el ojo. Por la mañana, oí los cuchicheos en la cocina. Es la piel de Judas, escuché que decía mi abuelo. Respeta a mi hijo, dijo mi padre. Respeta a mi hijo, o te irás para fuera de esta casa. Pero yo soy tu padre, dijo el viejo, la voz ronca. Y él respondió: Pero él es mi hijo. Y en ese instante mi madre gritó que aquello no podía verdad, ¡yo era solo un niño!

¡Llámenlo!, dijo mi abuelo. Llámenlo, dijo de nuevo, bajando la voz. Pregúntenle delante de mí si lo que yo dije es mentira. ¡Pregúntenselo! No va a poder mentir.

Fue cuando lloré. Primero gemí bastante alto y después bajé el volumen, haciendo temblar el cuerpo en la cama, arrodillado entero sobre la colcha. Arrodillado y sollozando, unos accesos de tos aún más fuertes cuando mi padre llegó al cuarto. Entró y me sacó ásperamente la almohada de encima de la cabeza. Hasta hoy no olvido su cara de terror al mirarme. Me puso en sus brazos, yo llorando aún con una exageración que aumentó todavía más cuando pasamos por el espejo y me vi la cara hinchada, la frente amoratada y la mejilla llena de raspones.

¡Él me pegó!, grité. Él me empujó, papá, y me fregó el rostro en el suelo.

Grité aún más alto cuando vi a mi abuelo asombrado, teniendo que apoyar una de las manos en la silla que estaba tras él.  Él me pegó, papá. Me duele, papá. Ay, ay, papá, me duele, me duele.

En medio del jaleo, mi madre tiró del brazo de mi padre y me llevaron a hacer unos curativos. Salíamos hacia el hospital, y pude ver a mi abuelo mirándome, con una expresión embrutecida, moviendo la cabeza hacia los lados. Me pareció ver una lágrima que bajaba por su cara enjuta.

Después de aquella mañana, mis padres no hablaron más con mi abuelo, que casi no salía del cuarto, a no ser para ir al baño. O para oler su rapé, sentado en el patio.

Pasó una semana y oí a mis padres conversando sobre él. Ese mismo día, un jueves, invité a mi abuelo a jugar.

Mi tía, que ahora se quedaba en casa mientras mis padres iban a trabajar, le dijo: ¿Ves, papá…? El niño quiere jugar. ¿Ves?

Él movió la cabeza. Fue al cuarto, tomó un pedazo de cartón y lo llevó a la cocina, con lápiz y regla en la otra mano. Se sentó y clavó sobre la mesa la cara asombrada. La levantó, mirándome mientras yo me sentaba, siguiendo mis gestos, siguiendo mi mirada sobre el tarro de frijoles que yo depositaba sobre la mesa, al lado del tablero que yo ya había trazado.

Lo miré, meneando la cabeza para que empezara la partida. Él puso en el suelo el cartón, el lápiz y la regla. Tocó con las puntas de los dedos el tablero que yo había dibujado, forzándolas sobre las líneas. Llevó al tarro la mano venosa, retiró algunos frijoles, los puso en la otra mano y depositó uno de ellos sobre la madera tallada del tablero. Empezamos el juego de intentarnos atrapar uno al otro.

Me di cuenta de que él no se esmeraba en ganar. Pero no lo valoré; con algunas jugadas, pude dejarlo entre mis frijoles, rodeado por mis granos. Puse el último con un gesto solemne. Y dije, bajito: Gané.

Cuando vi su mirada inexpresiva, mis ojos quisieron llorar. Yo casi lloré. Sin embargo, me aguanté. Y tocando el último frijol que había puesto, le dije una vez más, ahora acercándome a su oído: Gané.

Fue entonces que mis padres llegaron a casa y se acercaron a la cocina con un representante del asilo adonde iban a llevar al viejo —yo había oído la conversación por la mañana—. Y le articulé la palabra otra vez, ahora sin sonido, moviendo únicamente los labios, alejándome de él al mismo tiempo en que abría los ojos como para hacerle comprender mejor lo que le decía: Gané. Y delante de todos, lento y ahora dejando que los ojos se me bañaran, delante de todos abracé a mi abuelo por el cuello, acerqué mi rostro lentamente y, cerrando los ojos para que resbalara una lagrimilla, con aparente profundo amor le besé la rendida mejilla.

(Traducción: Pablo Cardellino Soto)

The Crack

“Sky-blue,” the boy hears, as he sweeps the yard and feels the broom come to a sudden halt. He looks to one side with a start, then behind him, then up, and sees his cousin clutching the handle as she crouches down. She takes his face, cupping it with her hands. She pulls back a little as she looks at him, taking his face out of the shade and thrusting it into the sun. He closes his eyes, but she asks him to open them. He obeys, slowly, his eyelids trembling, as the woman in front of him, half her body silhouetted against the light, arms outstretched and stroking his head, says, “Like an angel.” She then returns him to the zone of shade and rest as she kisses his forehead. “Your eyes are sky-blue.” She looks towards the porch. “He’s such a beautiful boy.”

“And a handful,” says his mother and comes down the steps to hug her. She points at the man with his back turned, unpacking the car trunk, “He’s big.” The cousin runs to the man and hugs him from behind, turning him around. “Meet my cousin.” He smiles, shoulders the gallon of wine and heads for the steps. “Drink wine. Our Lord sheds blood and we drink wine,” he says with a smile. The cousin slaps him on the back then laughs. He stops on the top step and looks over his shoulder. “Do the looks run in the family?” The two women hoot with laughter and go fetch things from the car. They go into the house.

The whole morning is spent in preparations in the kitchen. At lunch, the boy drinks grape juice. “That’s all you can have for now,” says the man placing his arm around the boy’s shoulders. “Later you’re going to try other things, cause there’s lots of good things in the world for those who know how to appreciate them,” and he takes a deep breath and winks at the women.

“You guys should spend the night here,” the boy’s mother says. The cousin says the man has to work Saturday morning. “But Holy Saturday?” The cousin says watchmen don’t have public holidays; there are burglaries on Holy Saturday too. The mother understands, then adds immediately afterwards that at any rate it’s a shame, because no one ever makes the drive out, and it’s sad being alone there.
“But we’ve got all afternoon to have fun,” says the man, getting up and taking off his shirt. He goes into the kitchen and comes back with a bottle of wine. “This is a little stronger.” The mother downs the rest of the wine in her glass in one gulp and holds it out. “Then I’m a goner.” She laughs. “No you’re not,” says the man, filling her glass. “That makes two of us,” says the cousin, laughing. “In vino veritas!” says the man, raising his glass to his mouth. “Wine tells the truth,” he explains to the women.

The mother pulls out the boy’s chair, telling him to go gather up the fallen mangoes, take the soft ones to the chicken coop, and put the firm ones in the basket. And then go see if any breadfruit has fallen from the tree on the other side of the stream. And leave them on top of the stone, covered with leaves, for them to go fetch later. “Just bring back two.” She says this and coughs, choking on her laughter because of the dance the man is doing now, imitating the cousin’s hairdresser. He goes into the bedroom and comes back with a sheet wrapped around him like a skirt, a towel rolled up on his head. The mother chokes and spits the wine at the wall. She tells her cousin off because she gets up to clean it. “Not today!” She points at the man. “Dance.” She looks at the boy. “Back already?”

He leaves, amidst their laughter and yelling. He collects the mangoes and doles them out between the chicken coop and the basket. As he crosses the stream, he chooses an angle in which he sees the reflection of his face and stops to study himself for a moment, trying to see in his eyes the same colour as the sky behind his head. The light shows itself in speckles through his hair, his golden locks.

He gets up and goes over to the fallen breadfruit. He runs his palms over the fruit’s bumpy surface, rubs it, pushing down when it’s in the centre of his palm. He presses harder and the base of one of his hands sinks into the rotten side of the fruit, moist and brownish, that was facing the ground. He gets some sand, rubs the back of his hands, his palms, and wipes them in the grass. He picks up the fallen fruit and places it on the stone at the foot of the hill, in a pyramid that soon collapses. He gives up this undertaking and arranges them next to one another. He covers them with green leaves, which he picks from bushes. He covers them slowly, trying to hide all of their green bumpiness. He lays pieces of branches over the leaves, a twiggy fortress covering the treasure.

On his way back, he squats in the stream again, but now there is a red-streaked sky, with tongues off fire cutting through the clouds, a bonfire behind his hair, as if the boy himself is in flames. He rises and quickens his pace.

At the house, climbing the stairs, he hears laughter, but softer now, coming from the bedroom. He stands on tiptoes and peeks through a crack in the window. The man kisses and runs his tongue over the knee of a woman whose legs are spread, while his hand touches the flesh amidst the hair, rubbing it with his fingers and forcing them in. Still moving his fingers, he runs his tongue up to her breasts and sucks them. He lies down and the woman puts her hand on his thing, which is hard. The boy leans against the wall, pressing his body into it and rubbing himself. The man lies down and the woman bends down to touch his thing with her tongue. It is the cousin who touches the man’s thing with her tongue and takes it in her mouth, sucks it. “Have you no shame?” he hears someone say, at the same time as he feels something hit him on the head. Something hard and cold that leaves his forehead moist and now warm. A warmth spreads across his face, as he receives blow after blow, very hard, conjugated with his mother’s voice, who alternates between yells and whispers, stops the blows and presses her elbows into his back, forcing them further as she grabs his hair and pulls it, then goes back to shouting that he should be ashamed of himself and that he didn’t even bring what she asked him to, then he tries to say that he forgot, but his face pressed into the sand, because he has rolled down the stairs, doesn’t allow him to articulate the words, and in his mouth the sentence is limited to just the sibilance of the syllables, managing to open in a gasp when the pressure lets up at the same instant that he hears the cousin yell, “You’re going to kill the kid!”

He rests his arms on the ground and turns his face to the side as he lets the saliva fall out with the sand that gathered in his mouth, scratching his teeth when they ground against one another under the pressure. He squints as he tries to focus. His mother staggers around to the side of the house, and all that can be seen is her curving over, one hand on her belly and another apparently going to her mouth, her body shaking. She comes back relieved. The man comes down from the house bringing a bowl of water, a towel over his arm. The mother looks at the two of them. “Sorry, guys. Sorry.” She goes into the house. The man sets the bowl on the ground in front of the boy. He takes some water in his cupped hands and splashes it on his face. He washes it. In the bowl, the boy tries to see his eyes and the sky, but he opens them with difficulty, and now, in the water dirty with sand, he, the cousin, the man, everything is the same red-streaked colour. The man rinses his face, takes him into the bathroom, takes off his clothes. He undresses too and bathes him. As the boy dries himself off the man showers. He is big and strong, and his thing has lots of hair and isn’t hard like when his cousin put it in her mouth. He quickly wraps the towel around himself. He watches the man. “Go lie down,” he says.

As he is dressing, he hears his mother complain because they have to go, and they say they have to go. He hears the sound of the car driving away, the sound of his mother closing doors, turning off lights, and heading for the bedroom. He walks and stops short in front of her room. She notices him and, as she lies down, tells him to go to bed. He doesn’t move. “Close the door!” she yells and gets up, brusquely slamming it shut. He lowers his eyes. A short while later, he leans his swollen face against the lock, peering through it. Silently, he presses his body against the door.

(Translation: Alison Entrekin)

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